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Creación de la Diócesis

La creación de nuestra Diócesis: un largo camino

Desde sus comienzos, la Iglesia fundada por Jesucristo, la comunidad que integran todos sus discípulos, existe y vive en Iglesias locales, formadas por la predicación de los Apóstoles. Con el correr del tiempo, los Apóstoles van trasmitiendo la responsabilidad de ser pastores de esas comunidades a algunos colaboradores suyos. Lo hacen a través de la imposición de las manos. Esos sucesores de los Apóstoles no van a tardar en recibir el nombre de Obispos. Más adelante, esas "Iglesias locales" cuyo responsable es un Obispo, sucesor de los apóstoles, van a recibir el nombre de Diócesis.

La Diócesis no es, entonces, una especie de "división administrativa" de la Iglesia. La Diócesis es la Iglesia, presente en un lugar determinado, unida en comunión a las otras Iglesias Particulares. Hay una de esas Iglesias Particulares que tiene una misión especial: la de "presidir en la Caridad". Es la Iglesia de Roma, cuyo Obispo es el Sucesor de Pedro. La comunión de toda la Iglesia pasa por la comunión con el Obispo de Roma, el Papa.

Celebrar el Centenario de nuestra Diócesis es celebrar nuestro nacimiento y nuestra historia como Iglesia Particular, una Iglesia con vida propia, en comunión con las otras dentro de la Iglesia Católica.

La época colonial

¿Cómo llega a crearse nuestra Diócesis?

En nuestra historia podemos remontarnos bastante lejos, para llegar a la primera diócesis de América del Sur de la que una vez formamos parte.

En el año 1534, Francisco Pizarro conquista el Imperio de los Incas, el Perú. Dos años más tarde, en 1536, se funda la Diócesis de Cuzco. Desde esta ciudad lejana, capital del Imperio de los Incas, en el corazón de los Andes, un Obispo asume la responsabilidad de esa diócesis inmensa, que abarcaba los territorios que hoy forman Perú, Chile, Bolivia, Paraguay, Argentina y Uruguay.

Ese extenso territorio se va a ir subdividiendo, a veces sin límites muy precisos. En 1620 se crea la Diócesis de Buenos Aires, de la cual formará parte nuestro territorio hasta la época de la Independencia.

El primer Obispo de Buenos Aires que visita lo que hoy es el Uruguay, en aquel entonces la "Banda Oriental", comenzando por Soriano, es Mons. Manuel Antonio de la Torre, en 1772. El último Obispo de la época colonial, y el que más influyó en el crecimiento de la Iglesia en nuestro país, fue Mons. Benito de Lue y Riega, que visita detenidamente el Uruguay (¡a caballo!). Mons Lue crea varias parroquias, entre ellas la de Paysandú, a pedido de sus vecinos, que le escriben en 1804 diciéndole que ellos "deben reputarse como los más pobres del mundo" porque "viven sin el pasto de la Palabra de Dios ni sus Sacramentos y, de consiguiente, sin fuerzas que contengan la fuerza de sus pasiones" como se evidencia por los numerosos "fraudes, robos, violencias y muertes..."

La época de la Independencia

En 1808 y en 1809 las autoridades españolas de Montevideo habían pedido al Rey de España la creación de una Diócesis independiente de Buenos Aires. La revolución de 1810 hace dejar de lado esos deseos. En 1815, a solicitud de Artigas, la autoridad eclesiástica de Buenos Aires da al Pbro. Dámaso Antonio Larrañaga (sin hacerlo Obispo) la responsabilidad pastoral sobre la "Banda Oriental" y la Provincia de Entre Ríos. Sucesivamente, esa responsabilidad le será ampliada y renovada. El 4 de diciembre de 1824 (unos meses antes de la Declaratoria de nuestra Independencia) llega a Montevideo, proveniente de Chile, un Nuncio del Papa León XII, Mons. Muzzi, quien tenía facultades extraordinarias para arreglar los asuntos de estas zonas. Mons. Muzzi nombra a Larrañaga Vicario de la ciudad de Montevideo y su territorio.

Los Vicarios Apostólicos

Con la Jura de la Constitución de 1830, y entrando en funciones el Gobierno nacional, las autoridades no tardaron en pedir que se separara el territorio uruguayo de la Diócesis de Buenos Aires.

En 1832 el Papa Gregorio XVI nombra un nuevo Obispo en Buenos Aires, pero dejando separado de su Diócesis al territorio uruguayo. Sin embargo, todavía no se creará la Diócesis de Montevideo. La mayor autoridad de la Iglesia en el Uruguay no será un Obispo, sino sucesivos sacerdotes que llevarán el título de "Vicario Apostólico" y a los que se llamará "Monseñor", siendo el primero de ellos Mons. Dámaso A. Larrañaga.

Otra figura destacable de esta época es el tercer Vicario Apostólico, Mons. José Benito Lamas, franciscano, de activa intervención en los acontecimientos de la independencia nacional. Durante su vicariato llegan a Montevideo las Hermanas de la Visitación (Salesas) y las Hnas. del Huerto. Mons. Lamas murió víctima de la fiebre amarilla, contraída mientras asistía enfermos de ese mal, durante la epidemia de 1857, cuando se avizoraba su consagración como Obispo.

Su sucesor, el último Vicario Apostólico, será también el primer Obispo del Uruguay: Mons. Jacinto Vera.

El primer Obispo y la creación de la Diócesis de Montevideo

Ordenado sacerdote en Buenos Aires, el 6 de junio de 1841, Mons. Vera es designado cuarto Vicario Apostólico en 1859. Pocos meses después de asumir el cargo, sale a realizar sus primeras misiones, recorriendo durante nueve meses la campaña y los principales pueblos y ciudades del interior, como lo haría en repetidas ocasiones, hasta su muerte en Pan de Azúcar, el 5 de mayo de 1881, en plena labor misionera.

En 1862, un conflicto con el Gobierno lleva a Mons. Vera a ser desterrado a Buenos Aires, desde donde continuó, sin embargo, administrando el Vicariato. Unos meses después, el Gobierno reconoce su error, y Mons. Vera regresa, siendo triunfalmente recibido por su pueblo.

Por ese entonces la Santa Sede tenía el deseo de crear la Diócesis de Montevideo, pero muchas dificultades se presentaban, entre ellas la ausencia de paz en nuestro país, envuelto en la guerra civil. El Papa decide hacer a Mons. Vera Obispo in partibus infidelium. Esto significa que se le daba a Mons. Vera el título de Obispo de una antigua Diócesis, ya no existente, puesto que el Uruguay, donde iba a ejercer su episcopado, no era todavía una Diócesis. Así, fue consagrado "Obispo de Megara", en Montevideo, el 16 de julio de 1865.

Vencidas diversas dificultades, el 15 de julio de 1878 se crea la Diócesis de Montevideo, con jurisdicción sobre todo el Uruguay, dependiendo directamente de la Santa Sede. Mons. Vera es ahora Obispo de Montevideo, y entre sus primeras obras se destaca la inauguración del Seminario, que comienza el 20 de febrero de 1880, con los primeros doce seminaristas.

Mons. Soler y la creación de las nuevas Diócesis de Melo y Salto

Mons. Mariano Soler fue el tercer Obispo de Montevideo y el primer Arzobispo. Por su influencia, el Presidente Juan Idiarte Borda presentó el Proyecto de Ley de creación del Arzobispado y dos Diócesis sufragáneas, ley que era necesaria a causa de la unión entre la Iglesia y el Estado.

Con muy pocos votos en contra (los de apasionados anticatólicos) se aprobó el proyecto el 18 de noviembre de 1896. En febrero del año siguiente partió para Roma el Dr. Juan Zorrilla de San Martín, con misión especial ante la Santa Sede para obtener la creación del Arzobispado y de las dos nuevas Diócesis. El 14 de abril de 1896, Mons. Soler, que se encontraba en Roma, fue nombrado Arzobispo de Montevideo y se crearon las diócesis de Salto y Melo, por una Bula del Papa León XIII.

Sin embargo, la ley de Idiarte Borda no llegó a cumplirse. El 25 de agosto de 1897 el Presidente es asesinado al salir del Te Deum celebrado en la Catedral con motivo de la fecha patria.

La muerte de Idiarte Borda dio entrada en el Poder Ejecutivo a declarados enemigos de la Iglesia: entre ellos, nada menos que el nuevo presidente, Juan Lindolfo Cuestas.

Así, Zorrilla de San Martín es llamado a regresar de Roma, sin terminar su misión. Cortadas de ese modo las relaciones con la Santa Sede, los Obispos de Salto y Melo, ya nombrados, Mons. Ricardo Isasa y Mons. Nicolas Luquese, quedarán sin tomar posesión, ya que, dada la unión existente entre Iglesia y Estado, no era posible a la Santa Sede proceder por sí sola.

La historia de nuestra diócesis comienza así: con una Bula del Papa León XIII que queda sin ser plenamente cumplida hasta 1919, cuando, por la nueva constitución, se separan la Iglesia y el Estado y la Santa Sede ya no necesita del visto bueno del Gobierno para nombrar nuevos Obispos.

Así fue que el 5 de julio de 1919, el Papa Benedicto XV nombra al Pbro. Juan Francisco Aragone como nuevo Arzobispo de Montevideo, a Mons. José Marcos Semería, Vicario General y Párroco de la Catedral com Obispo de Melo, y al Pbro. Tomás Gregorio Camacho, Párroco de la Aguada como Obispo de Salto. Un acontecimiento cuyo centenario corresponderá festejar en el 2019...

El asesinato de Juan Idiarte Borda contado por Mons. Soler

"En momentos en que la manifestación -terminado el Te Deum- se dirigía a la Casa de Gobierno, al llegar el Señor Presidente y las demás personas que le acompañabamos en la primera fila a la esquina de Sarandí y Cámaras, oí una débil detonación, y al ir a mirar hacia el punto dónde me pareció haberse producido, observé que el Excelentísimo Señor Presidente se llevaba ambas manos sobre el pecho, oprimiéndoselo.

-¿Qué tiene, Señor Presidente?, le pregunté.

-¡Me muero!, me contestó enseguida.

-¿Quiere que le dé la absolución?, le dije entonces.

-Sí, me respondió.

-Bien, Señor Presidente, dispóngase para recibir la absolución... y mientras yo pronunciaba la fórmula de la absolución, le oí decir bien claramente estas dos palabras:¡Dios mío!".

 

Pasaje de la nota de Mons. Soler al Juez de Instrucción, a propósito del asesinato, fechada el 27 de agosto de 1897. Citada por Carlos Zubillaga y Mario Cayota en Cristianos y cambio social en el Uruguay de la modernización (1896-1919), CLAEH - Banda Oriental, Montevideo 1988, pp. 230-231.

 

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