En la conclusión del Evangelio de Marcos leemos: âEl Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Diosâ. Es su exaltación a la gloria de su Padre, es el misterio de su Ascensión al cielo, que celebramos hoy. HabÃa sido anunciada por Jesús en el momento de su máxima humillación, cuando se encontraba sometido a juicio ante el tribunal judÃo. En esa ocasión, a la pregunta del Sumo Sacerdote acaso él era el Hijo del Bendito, Jesús habÃa respondido: âSÃ, yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder...â (Mc 14,62). Pero entonces habÃa sido considerado una blasfemia y esta fue la causa de su condenación a muerte: âEl Sumo Sacerdote se rasgó las túnicas y dijo: â¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oÃdo la blasfemia. ¿Qué os parece?â. Todos juzgaron que era reo de muerteâ (Mc 14,63-64).
Se consideraba una blasfemia, porque con esa declaración Jesús afirmaba dos cosas: que él era el Hijo de Dios; y que de él hablaba David llamandolo âmi Señorâ en el Salmo 127: âOráculo de Yahvé a mi Señor: âSiéntate a mi diestra...ââ, es decir, al mismo nivel que Dios. Esto es lo que Jesús quiso decir. Ante esa afirmación hay dos alternativas: o es una pretensión absurda y una blasfemia, o es la verdad y Jesús es realmente el Hijo de Dios y uno con el Padre. Al celebrar la Ascensión de Jesús nosotros profesamos que lo que él declaró ante el Sumo Sacerdote judÃo se cumplió y, por tanto, no era una blasfemia. Asà lo confesamos en el artÃculo del Credo que dice: âSubió a los cielos y está sentado a la diestra del Padreâ. Afirmamos que él es verdadero Dios y verdadero hombre.
El misterio de la Ascensión proclama que nuestra naturaleza humana ha sido elevada hasta el trono de Dios; un hombre está sentado al nivel de Dios. Y esto nos revela a qué dignidad estamos llamados los seres humanos. Es lo que hace exclamar a Juan: âQueridos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste (se entiende, Dios), seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual esâ (1Jn 3,2). En este estado nuestro actual por la gracia santificante somos hijos de Dios y esto es ya un don y una dignidad inefables. En efecto, para poder ser hijos de Dios se nos tiene que dar una participación de la naturaleza divina. Pero todavÃa hay más: ¡seremos semejantes a Dios! La única posibilidad de que podamos âver a Dios tal cual esâ es que seamos semejantes a Ãl. Y a esto estamos llamados; para esto hemos sido creados.
El que crea en esto y reciba, por medio del Bautismo y los demás sacramentos, esa participación en la naturaleza divina, se salvará, es decir, gozará de la visión de Dios y de la semejanza con Ãl. El que se resista a creer no alcanzará ese fin, para el cual fue creado, y quedará eternamente frustrado: se condenará. Nadie lo condenará; él se condena a sà mismo, porque no acepta el don de Dios. Para esta vida terrena el don de Dios es la fe; para la vida futura el don será la visión eterna de Dios tal cual es.
En este dÃa rogamos que, subiendo el cielo, el Señor Jesús nos lleve algún dÃa consigo, para que donde él está estemos también nosotros (cf. Jn 14,3).
+ Felipe Bacarreza RodrÃguez
Obispo de Santa MarÃa de Los Ãngeles