Visor de noticias
Meditación Dominical
ACI es el nombre con que se conoce a la Agencia Católica de Informaciones en América Latina, cuya oficina central se encuentra en Lima, Perú. Nuestro fin es contribuir, desde el mundo de las nuevas tecnologías de la comunicación, al llamado a participar de la tarea de la Nueva Evangelización impulsada por el Papa Juan Pablo II en América Latina y el mundo entero. ACI Digital es la división dedicada a la presencia de la Agencia en el ciberespacio.
Logo ACI Prensa
  • "Vio y creyó" (Juan 20,1-9)

    Hoy día la Iglesia celebra la resurrección del Señor. Este Domingo es la "fiesta de las fiestas y la solemnidad de las solemnidades". En la noche que precedió a este día resonó en todas las Iglesias el "Exsultet", que canta: "Esta es la noche en la cual Cristo, rompiendo las cadenas de la muerte, surge del sepulcro victorioso... ¡Oh noche dichosa, tú sola mereciste conocer el tiempo y la hora en la cual Cristo resucitó de entre los muertos!"

    Nadie fue testigo ocular del momento de la resurrección de Cristo. Esto ocurrió en el seno de esa "noche dichosa" en un momento que sólo ella conoce. Por eso todo el Evangelio de este Domingo de Resurrección gira en torno a la experiencia del "sepulcro vacío". El primer día de la semana, es decir, el domingo (el sábado es el séptimo día para los judíos), van de madrugada las mujeres al sepulcro, encuentran la piedra que lo cubría removida y anuncian: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto". Corren al sepulcro los apóstoles Pedro y Juan y verifican el hecho: "Las vendas por el suelo y el sudario que cubría su cabeza plegado en un lugar aparte". Y entonces, respecto del discípulo amado, el Evangelio dice que él, entrando en el sepulcro vacío, "vio y creyó".

    ¿Qué es lo que vio y qué es lo que creyó? Vio el sepulcro vacío y las vendas por el suelo. Pero este es un hecho que podría interpretarse de otra manera, como hacen las mujeres, que concluyen: se llevaron el cuerpo del sepulcro. Juan, en cambio, "creyó", es decir, ante el espectáculo que se presenta a sus ojos nace en su interior la fe de que Jesús ha resucitado. Vio un hecho de experiencia sensible, pero creyó en un hecho sobrenatural.

    Ninguna experiencia visible puede ser suficiente para explicar la resurrección de Cristo. Esta, no obstante ser un hecho histórico, permanece un misterio de la fe. La fe es un don sobrenatural que consiste en apoyar toda la existencia en una verdad que ha sido revelada. De este tipo es la verdad que proclama y celebra hoy el mundo cristiano, a saber, la resurrección de Cristo de entre los muertos. Los apóstoles vieron a Cristo resucitado y afirman: "Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse... a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos" (Hechos 10,40-41). Por tanto, la resurrección de Cristo es un hecho histórico comprobado por testigos oculares, pero permanece un hecho trascendente que sobrepasa la historia.

    La resurrección de Cristo fue una intervención del poder creador de Dios. En efecto, al cuerpo muerto de Cristo y depositado en el sepulcro no podía simplemente revivir, pues había sido horriblemente flagelado, coronado de espinas y clavado a la cruz, había sido atravesado por una lanza y completamente desangrado. Su resurrección tampoco fue una vuelta a esta vida terrena, como había sido la resurrección de Lázaro. La resurrección de Cristo consistió en recobrar una vida superior a esta vida nuestra terrena, una vida que glorificó su cuerpo de manera que ya no sufre el dolor ni la muerte ni la corrupción y no está sujeto a ninguna de las limitaciones de espacio y tiempo que nos afectan a nosotros. Así existe Cristo hoy como verdadero Dios y verdadero hombre, sentado a la derecha del Padre con su cuerpo glorioso, y así se nos da como alimento de vida eterna en la Eucaristía. Esta es una verdad de fe que va más allá de la visión de su cuerpo resucitado.

    La resurrección de Cristo es la verdad fundamental del cristianismo. Ella es el argumento de que todo lo que Cristo enseñó era verdad y, sobre todo, es el argumento de que su muerte en la cruz fue un sacrificio que Dios aceptó en propiciación por los pecados del hombre, que reconcilió a los hombres con Dios y nos libró del poder del pecado y de la muerte. "Cristo resucitó de entre los muertos, como primicias de los que murieron" (1Cor 15,20). Su resurrección funda nuestra fe en la resurrección final de los muertos. Sólo a la luz de su resurrección adquiere valor su promesa: "Yo soy la resurrección; todo el que cree en mí, aunque muera, vivirá" (Juan 11,25). Con razón San Pablo puede argumentar: "Si los muertos no resucitan, entonces tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe y vosotros estáis aún en vuestros pecados" (1Cor 15,16-17).

    El único testimonio válido que los creyentes podemos dar de la resurrección de Cristo hoy es el de conducir una vida libre del pecado. Para el hombre esto es imposible; pero es posible para Dios. Para todo hombre de buena voluntad el testimonio de una vida santa es un argumento irrebatible de que ha actuado el poder de Cristo resucitado que nos sana en lo más profundo. Todos experimentamos en lo más profundo de nuestro ser el lado oscuro del pecado que a menudo emerge y nos esclaviza y todos debemos exclamar con San Pablo: "¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de pecado?" (Rom 7,24). Esto lo puede hacer sólo Cristo, que con su paso de la muerte a la vida nos arrastra consigo y nos hace pasar de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios.

    Un testimonio de esta naturaleza es el que ha dado en nuestra patria Santa Teresa de los Andes y por eso su vida, aparentemente tan sencilla, entusiasma y enciende la fe. La vida de ella -y la de todos los santos- se puede describir así: "Ya no están en el pecado: por tanto, Cristo resucitó y les ha comunicado su vida divina".

    + Felipe Bacarreza Rodríguez
    Obispo Auxiliar de Concepción