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Meditación Dominical
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  • Se sentó a la diestra de Dios (Mc 16,15-20)

    En la conclusión del Evangelio de Marcos leemos: “El Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios”. Es su exaltación a la gloria de su Padre, es el misterio de su Ascensión al cielo, que celebramos hoy. Había sido anunciada por Jesús en el momento de su máxima humillación, cuando se encontraba sometido a juicio ante el tribunal judío. En esa ocasión, a la pregunta del Sumo Sacerdote acaso él era el Hijo del Bendito, Jesús había respondido: “Sí, yo soy, y veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder...” (Mc 14,62). Pero entonces había sido considerado una blasfemia y esta fue la causa de su condenación a muerte: “El Sumo Sacerdote se rasgó las túnicas y dijo: ‘¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?’. Todos juzgaron que era reo de muerte” (Mc 14,63-64).

    Se consideraba una blasfemia, porque con esa declaración  Jesús afirmaba dos cosas: que él era el Hijo de Dios; y que de él hablaba David llamandolo “mi Señor” en el Salmo 127: “Oráculo de Yahvé a mi Señor: ‘Siéntate a mi diestra...’”, es decir, al mismo nivel que Dios. Esto es lo que Jesús quiso decir. Ante esa afirmación hay dos alternativas: o es una pretensión absurda y una blasfemia, o es la verdad y Jesús es realmente el Hijo de Dios y uno con el Padre. Al celebrar la Ascensión de Jesús nosotros profesamos que lo que él declaró ante el Sumo Sacerdote judío se cumplió y, por tanto, no era una blasfemia. Así lo confesamos en el artículo del Credo que dice: “Subió a los cielos y está sentado a la diestra del Padre”. Afirmamos que él es verdadero Dios y verdadero hombre.

    El misterio de la Ascensión proclama que nuestra naturaleza humana ha sido elevada hasta el trono de Dios; un hombre está sentado al nivel de Dios. Y esto nos revela a qué dignidad estamos llamados los seres humanos. Es lo que hace exclamar a Juan: “Queridos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste (se entiende, Dios), seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1Jn 3,2). En este estado nuestro actual por la gracia santificante somos hijos de Dios y esto es ya un don y una dignidad inefables. En efecto, para poder ser hijos de Dios se nos tiene que dar una participación de la naturaleza divina. Pero todavía hay más: ¡seremos semejantes a Dios! La única posibilidad de que podamos “ver a Dios tal cual es” es que seamos semejantes a Él. Y a esto estamos llamados; para esto hemos sido creados.

    El que crea en esto y reciba, por medio del Bautismo y los demás sacramentos, esa participación en la naturaleza divina, se salvará, es decir, gozará de la visión de Dios y de la semejanza con Él. El que se resista a creer no alcanzará ese fin, para el cual fue creado, y quedará eternamente frustrado: se condenará. Nadie lo condenará; él se condena a sí mismo, porque no acepta el don de Dios. Para esta vida terrena el don de Dios es la fe; para la vida futura el don será la visión eterna de Dios tal cual es.

    En este día rogamos que, subiendo el cielo, el Señor Jesús nos lleve algún día consigo, para que donde él está estemos también nosotros (cf. Jn 14,3).

    + Felipe Bacarreza Rodríguez
    Obispo de Santa María de Los Ángeles