Mons. Mendiharat
"A Cristo por María"
Mons. Marcelo Mendiharat, 3er Obispo de Salto
Ilustraciones y otros recuadros:
El escudo: "A Jesús por María" -
El Hno. Carlos y la oración de abandono, el corazón y la cruz
Los "pequeños obispos"
La familia espiritual que se formó a partir de la experiencia de fe y espiritualidad del Hno. Charles de Foucauld es numerosa y variada: los Hermanitos y Hermanitas de Jesús, los Hermanitos y Hermanitas del Evangelio, la fraternidad de sacerdotes seculares "Iesus Caritas", y también una fraternidad de Obispos, formada durante el Concilio, de la que Mons. Mendiharat forma parte.
En francés, el diminutivo de "hermanos" y "hermanas" se forma anteponiendo la palabra petit: "pequeño". Así es que los Hermanitos y Hermanitas franceses llaman a los Obispos de esta fraternidad "los pequeños obispos", les petits évêques.
Oración de abandono
Padre mío,
me abandono a ti:
haz de mí lo que quieras;
lo que hagas de mí te lo agradezco.
Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo,
con tal que tu voluntad se haga en mí
y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque tú eres mi Padre.
Charles de Foucauld, sacerdote francés (1858-1916), eremita y misionero en el Sahara, donde vivió su experiencia de "fraternidad universal" entre los musulmanes.
Cronología
1958-1963 - Pontificado de Juan XXIII
1959, 18 de mayo - Consagración episcopal de Mons. Marcelo Mendiharat, como Obispo coadjutor de Salto
1962-65 - Mons. Mendiharat participa junto con Mons. Viola en el Concilio Vaticano II
1963 - 1978 - Pontificado de Pablo VI
1968, 25 de marzo - Mons. Viola entrega a Mons. Mendiharat la conducción de la diócesis como tercer Obispo de Salto
1968 - II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Medellín, Colombia
1968, noviembre - diciembre - Asamblea Diocesana de Pastoral
1972, 11 de agosto - Fallece Mons. Alfredo Viola
1973, enero - marzo - comienzo del exilio de Mons. Mendiharat
1977, 8 de diciembre - Consagración episcopal de Mons. Carlos A. Nicolini, Obispo auxiliar de Salto
1978 - Pontificado de Juan Pablo I y comienzo del de Juan Pablo II
1978, 22 de agosto - Mons. Nicolini, asume como Administrador Apostólico Sede Plena de Salto
1979, enero - III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Puebla, México
1984, 18 de mayo - Los Obispos uruguayos y algunos argentinos, los sacerdotes y seminaristas de la diócesis y otros sacerdotes amigos se reúnen en la Basílica de Ntra. Sra. del Luján para celebrar los 25 años de consagración episcopal de Mons. Mendiharat
1984, 27 de diciembre - Mons. Mendiharat llega a Salto por primera vez desde 1973.
1985, 24 de marzo - una gran Concelebración en la Catedral de Salto pauta el regreso definitivo de Mons. Mendiharat a su diócesis
1985, abril - Mons. Mendiharat y Mons. Nicolini convocan a elaborar el Plan Pastoral Diocesano
1985, 30 de noviembre y 1° de diciembre - Asamblea Diocesana de Pastoral: se determina el desafío diocesano
1985, 17 y 18 de mayo - Consejo Pastoral Diocesano, en que se define el objetivo del Plan Pastoral Diocesano
1988, 9 de mayo - visita de Juan Pablo II a la Diócesis de Salto
1989, 2 de mayo - al cumplir sus 75 años, de acuerdo a lo que establece el Derecho Canónico, Mons. Mendiharat presenta su renuncia a la titularidad de la Diócesis de Salto
1989, 1° de julio - Mons. Mendiharat entrega a Mons. Daniel Gil Zorrilla la conducción de la Diócesis como cuarto Obispo de Salto
Las raíces de una vocación
Marcelo Mendiharat Pommies nació en Ostabat Asnie, en el País Vasco (Francia) el 2 de mayo de 1914. Allí cursa la Escuela Primaria y la Secundaria. Llega al Uruguay en enero de 1931, y trabaja algunos años en el campo. Así lo cuenta él mismo:
"Llegado al Uruguay para aprender a trabajar en el campo y hacerme cargo de la propiedad de mis padres, me doy cuenta, después de diez años, que Dios es capaz de llamar de "detrás de las ovejas" y en el momento menos pensado. Quizás haya sido a partir de mis lecturas en las largas noches de invierno. Me impactó un libro enviado desde Francia por la madre de mi cuñado, convertida del protestantismo y dedicada a la difusión de la buena prensa. También a partir de una visión de la miseria moral y abandono espiritual de un pueblito, Sacachispas, a cuatro leguas de la estancia de mi padre.
Mi decisión de entrar al Seminario, a los 24 años, provocó en mi padre gran desilusión y preocupación. Aprender el latín en la estancia no me costó demasiado gracias a la ayuda del P. Maury, del P. Assandri, a quienes yo visitaba cada primer viernes de mes. Al fin mi padre comprendió al verme feliz en el Seminario y, al año, hizo Ejercicios Espirituales con el P. Navarro. A partir de ese momento, todo fue más fácil."
Primeros pasos en el sacerdocio
Luego de su ordenación sacerdotal, el 22 de julio de 1945:
"Fui encargado del Seminario Menor de Salto por nueve años y después párroco de Artigas por cinco años. La etapa de mi vida como párroco fue lindísima. Primero tuve la colaboración del P. Ferrero y después del P. Spada. Transcurrió dentro del estilo pastoral de la época: con grandes campañas, anuales y masivas de Ejercicios Espirituales de San Ignacio, intronizaciones del Sagrado Corazón de Jesús a un promedio de diez por día en el mes de junio, gran misión popular con muchísimos bautismos y regularizaciones matrimoniales, regreso a los sacramentos de parte de muchas personas, giras anuales de bautismos por la extensa campaña en diciembre y enero... ¡mucha actividad, con muchos frutos!
Pero también estaba presente la preocupación por la situación de la gente marginada (¡las inundaciones del 59!...) con el dolor de no saber bien qué camino tomar para aliviar su suerte, aún con el trabajo intenso de una asistente social a pleno tiempo y la fundación de la Juventud Obrera Católica (JOC)."
Oficio de Obispo
"Fui nombrado coadjutor de Mons. Viola en 1959. Aprendí un nuevo ‘oficio’ al lado de este Obispo tan humano y tan señor a la vez. Tan espiritual y tan desbordantemente activo, tan padre y tan cariñoso. Tan presente hasta el último detalle, pero a la vez, tan ‘distribuidor’ de tareas y responsabilidades. Con él aprendí a valorar la oración perseverante y gratuita y descubrí al Hno. Charles de Foucauld con su mensaje de ‘gritar el Evangelio con la vida’ y el servicio al hermano, especialmente al más necesitado.
Esa fue la época de preparación y realización del Concilio Vaticano II, así como su aplicación a América Latina a través de Medellín y de la primera Asamblea Diocesana de Salto, que señaló cuatro prioridades, que aún alientan y son punto de referencia de la pastoral diocesana: la evangelización liberadora, la corresponsabilidad; como instrumento privilegiado, las Comunidades Eclesiales de Base; como espíritu, una Iglesia servidora y pobre.
Época también de grandes actividades y organización de instrumentos de promoción humana: Juventud Agraria Católica (JAC), cooperativas agrarias y de construcción, experiencias como Conocal, Cootar, La Tablada, etc.
En una palabra, la Iglesia toda se movilizó para estar la servicio del hombre y para liberarlo íntegramente: cuerpo y alma".
La renovación del Concilio
"Pienso que cada bautizado, en esta época posconciliar, debe encontrarse en la posición del que se despierta de un largo y profundo sueño, en un país extranjero, y se pregunta con interés, abierto en espíritu y generosidad: ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué debo hacer?", decía Mons. Mendiharat en una declaración realizada de regreso al Uruguay, en 1965 una vez finalizado el Concilio Vaticano II.
Años después recuerda: "Los años siguientes al Concilio fueron una etapa maravillosa, vivida con entusiasmo como de convertido, en permanente y comunitaria búsqueda de una más pura vivencia del Evangelio, junto a entusiastas y estupendos colaboradores. Eran momentos en los cuales la Iglesia buscaba adaptarse en lo que era posible adaptarse. La renovación de la Liturgia, la evolución de la catequesis... Cada bautizado crecía en la conciencia de una pertenencia viva a la Iglesia de Cristo. Con la conciencia de estar poniendo las bases de un mundo más humano y espiritual, aunque bien encarnado en las realidades temporales. Como decía mi amigo Monseñor Angelleli: ‘con un oído en el Evangelio y otro en el pueblo’."
Asamblea Diocesana de Pastoral - 1968 - Prioridades pastorales
- Primacía de la evangelización, "porque se ha comprobado una falta de Fe Viva, así como una defectuosa constitución de la sociedad. La falta de Fe Viva obstaculiza el encuentro del hombre con Cristo, lo pone en peligro de aislarse en su egoísmo y le impide adquirir una conciencia plena de los valores humanos y divinos. (...) La defectuosa constitución de la sociedad desconoce, frecuentemente, los valores de la persona humana; produce limitaciones de la dignidad, la libertad, de la justicia. (...) La prioridad, pues, de una evangelización concientizadora, que libere, humanice y promueva al hombre (...) deberá sustentarse en la revalorización de una fe viva y del compromiso con la sociedad humana".
- Comunidades Cristianas de Base, porque es "el ideal del cristiano vivir su fe en una dimensión comunitaria (...) debe reestructurarse la parroquia en base a la multiplicación de pequeñas ‘comunidades cristianas’ (...) [Estas comunidades] se forman a partir de los grupos humanos naturales, afines por razones locales, ambientales o de intereses; nucleando a los cristianos insertos en ellos, para transformarlos en pequeñas comunidades de fe, esperanza y caridad, que sean focos de evangelización y promotoras del desarrollo".
- Corresponsabilidad, porque "a la luz de la Palabra de Dios (...) es necesario asumir todas las responsabilidades de nuestro común Bautismo, en la misma y única misión que todos hemos recibido dentro de la Iglesia. Esa misión es una sola y debe cumplirse unitariamente, por la Jerarquía y los fieles, en sus diversos planos y con la competencia y medios propios, pero con un mismo espíritu y para un fin idéntico: la continuación actualizada a todos los hombres y a toda la realidad del mundo, de la obra redentora de Cristo".
- Pobreza y servicio, "en profundo sentido de disponibilidad hacia los demás, tanto de personas como de bienes (...) La pobreza real de la Iglesia, aún cumplidos esos presupuestos, no será verdadera si no atiende a la evangelización de los oprimidos como la primera de sus obligaciones".
Los años del exilio
A fines de los años 60 y comienzos de los 70, la sociedad uruguaya se divide y los extremos se radicalizan. En ese marco, la conducción pastoral de la Diócesis que lleva adelante Mons. Mendiharat es vista con desconfianza por un poder que no tiene otra respuesta a la profunda crisis uruguaya que la reafirmación de una autoridad cada vez más cuestionada.
Es en esas circunstancias que Mons. Mendiharat, de visita a la Santa Sede a la Santa Sede entre enero y marzo de 1973, es impedido de regresar al país bajo amenaza de tener que enfrentar graves acusaciones. El Papa Pablo VI aconseja al Obispo no volver al Uruguay hasta que estén dadas las condiciones adecuadas para ese regreso, y lo alienta a continuar conduciendo su Diócesis desde el exterior.
Se inicia así un tiempo muy doloroso para el Obispo y para la comunidad diocesana. Mons. Mendiharat no deja de estar en contacto con la diócesis, a través de sus vicarios y del encuentro con sus sacerdotes en Argentina y, posteriormente, en el frecuente contacto con Mons. Nicolini.
Entre mayo y diciembre de 1973, Mons. Mendiharat es acogido por los Padres Pasionistas, en la Diócesis de Avellaneda (Buenos Aires). Atiende pastoralmente a los habitantes de una "villa miseria".
En 1974 es recibido en la Diócesis de Morón, también en Buenos Aires. Allí lo recibió en primer lugar Mons. Miguel Raspanti, luego sucedido por Mons. Justo Laguna, quien siguió brindando a Mons. Mendiharat un lugar en la Iglesia. Ese lugar fue la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús, en Hurlingham. Allí estuvo en 1975-1976. El golpe militar que se produce en Argentina, y el clima enrarecido que allí se respira, determina un nuevo alejamiento de Mons. Mendiharat, que permanece en Europa entre junto de 1976 y diciembre de 1977. En ese mes es consagrado Mons. Nicolini como Obispo auxiliar de Salto, y Mons. Mendiharat regresa a Hurlingham, donde permanecerá al servicio de la Capilla San Carlos Borromeo, en el barrio Villa Club.
Allí, durante muchos años, fue para todos "el Padre Marcelo". Aunque nunca ocultó su condición de Obispo, no se preocupó de difundir a los cuatro vientos su investidura episcopal. Su sencillez y su cercanía le ganaron el cariño y el afecto de su feligresía, formada por sencillos trabajadores. Jóvenes y matrimonios colmaban la pequeña capilla de una comunidad animada y viva. Esto lo pudimos ver con nuestros propios ojos, cuando, en diciembre de 1980, terminado el primer año del Seminario, junto con nuestro compañero José García quisimos visitar a nuestro Obispo para conocerlo más personalmente.
Así veía su exilio Mons. Mendiharat unos meses antes de su regreso:
"Este ‘hoy’ ya lleva once años y a veces se hace largo. Es cuando uno comprueba que ‘los caminos de Dios no son nuestros caminos, los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos’ y experimenta una sensación de encontrar respuesta a un ‘¿por qué?’. Respuesta que hay que dar, sin embargo, en la fe y únicamente a partir de la fe. Es cuando un empieza a comprender un montón de cosas que le han ocurrido a Jesús y que le pueden ocurrir a los que quieren humildemente seguirlo de cerca. Con todo, esta etapa ha sido y es una experiencia riquísima. Se trata, a los años, de volver a ser ‘discípulo’, es decir, quien se deja enseñar.
Aprendí muchas cosas que perfeccionaron mi visión de lo pastoral a partir de mi experiencia desde el llano, desde la base. Me ocurrió, después de unos dos años de trabajar, primero en un cantegril y posteriormente en una parroquia muy humilde, de comentar con unos hermanos obispos: ‘¡Qué bien nos haría a cada de nosotros obispos el estar atendiendo alguna vez, pero solos, una pequeña comunidad o una capilla de barrio. Aunque sea un mes, para palpar de cerca las realidades crudas y difíciles de la gente, la situación del sacerdote que tiene que verse con la viejita impertinente, con el borracho de la manzana, para ser verdaderamente como el paño de lágrimas de la gente que sufre!’ Es posible que después de esta experiencia el estilo del pastor ha de cambiar: su vida, su preocupación, sus cartas pastorales, etc. ...
Aprendí también, porque lo experimenté, la vivencia profunda de los valores evangélicos, como por ejemplo la solidaridad y la hospitalidad de nuestro pueblo, el sentido cristiano de la vida y de la muerte, el de la justicia. Valores que no esperan sino ser explicitados para que lleven a una vida cristiana perfecta. Me ha estado llamando la atención la religiosidad profunda del pueblo sufrido que, quizás sin ir a Misa, vive una fe profunda en Dios y en la Providencia, expresada en los grandes acontecimientos de su vida.
El experimentar todo eso, a nivel de la vida de cada día, es sumamente rico y motivo de esperanza, y aunque muchos de nuestros sacerdotes hacen a diario el mismo ‘aprendizaje’ pienso que nos faltaría quizás a muchos otros, como me faltaba a mí.
En el camino se encuentran también solidaridades insospechadas, así como abandonos imprevistos. Pero Dios no abandona. Al contrario, ilumina, sostiene y fortalece más allá de lo que uno ha imaginado nunca. Ésta, quizás, haya sido la experiencia más fuerte. No puedo olvidar la fraternidad manifestada en muchísimas ocasiones por Mons. Raspanti y Mons. Laguna."
La carta de Mons. Nicolini en ocasión de las Bodas de Plata episcopales de Mons. Mendiharat
El exilio de Mons. Mendiharat, así como su conducción pastoral, han sido hechos polémicos dentro (y fuera) de la Iglesia. Muchos cristianos bien intencionados encuentran dificultades para entender lo que ocurrió y para valorar adecuadamente la figura de quien durante muchos años continuó animando la vida de la Diócesis desde la distancia. Por esto tiene especial valor la palabra de Mons. Carlos Nicolini, cuando todavía era Administrador Apostólico de la Diócesis, en ocasión de las Bodas de Plata episcopales de Mons. Mendiharat:
"La ausencia de Mons. Mendiharat, tan prolongada, y aún en esta fecha tan íntima del Obispo y de la Diócesis, remarcan la característica pascual de esta celebración jubilar. El sufrimiento de Monseñor, al no poder estar en la Diócesis, y el sufrimiento de no tenerlo entre nosotros, nos unen a la cruz de Cristo para asumir, en la serenidad de la Fe, esta circunstancia, y celebrar con gratitud y emoción el don de Dios, que es el Obispo para la Diócesis.
Me gustaría que toda la Diócesis se sintiera unida en esta celebración en aquella dimensión espiritual que solo es vínculo fuerte de comunión, compuesta por la oración, la gratitud, el afecto y la reconciliación.
Añado expresamente esta actitud de reconciliación, porque es muy necesaria y muy digna en estas circunstancias, a fin de purificar tantos sentimientos, pensamientos, palabras y actitudes, que no han tenido miramiento cristiano hacia la persona del Obispo en las difíciles y sufridas circunstancias que le ha tocado y le toca vivir. (...)
El misterio de la Cruz que ha asumido Cristo Jesús, que acabamos de contemplar en la Semana Santa, nos ilumina a todos los hombres, en circunstancias también crucificantes, a aceptar esta realidad con la paciencia de la esperanza, y a no restarle el valor salvífico que tiene la entrega de una vida que, en la Fe y en el amor, se consume como una ofrenda a Dios y a sus hermanos (...)
El juicio de la Fe penetra los acontecimientos y los trasciende, permitiéndonos ver en el Obispo la presencia sacramental de Cristo, quien, como Buen Pastor, quiere salvar a todos y entregar su vida por ellos; así llegaremos a dar gracias sentidas a Dios Padre por el Pastorado posconciliar de Mons. Mendiharat, que renovó el dinamismo pastoral de la Diócesis y por la prueba de la Cruz, con la que Dios consolida nuestra Fe y nuestra unidad diocesana."
"Un día volverán los que se han ido...
... y mi tierra será una nueva tierra". Así decía la canción que cantara uno de los seminaristas presentes en la celebración de los 25 años de obispo de Mons. Mendiharat en Luján, augurando un regreso que comenzó a fines de 1984 y que se hizo definitivo el domingo 24 de marzo de 1985.
Aquel día Mons. Nicolini, en su nueva condición de Obispo coadjutor comenzaba con estas palabras la celebración de la Eucaristía: "Los hechos nos dicen que estamos de fiesta, en la fe, la esperanza y el amor. Día de alegría, de solidaridad, de fraternidad. Nuestra celebración es nacional, es latinoamericana..."
"¡Que bien estamos aquí!", comenzó diciendo Mons. Mendiharat al hacer la homilía desde su cátedra recuperada, dando un nuevo sentido a las palabras de Pedro en el episodio de la transfiguración... "¡Qué bien estamos aquí!, en este tiempo del reencuentro de los presos y exiliados con sus familiares y amigos y con su tierra, tanto tiempo añorada pero ahora con la esperanza cierta de un futuro más humano y digno de ser vivido. ¡Qué bien estamos aquí! en este momento de nuestro propio reencuentro en nuestra Iglesia Catedral y con nuestras comunidades".
En esa ocasión, Mons. Parteli, arzobispo de Montevideo. luego de recordar como había ido conociendo a Mons. Mendiharat, manifestó: "Pero su intimidad menos visible, su serenidad interior y el temple de su alma vine a conocerlos más tarde, en la hora de la prueba, cuando desdichadas circunstancias dieron lugar a que las sospechas recayeran sobre su persona, sin que faltaran quienes aprovecharan la ocasión para descalificar su acción pastoral. En los días amargos del exilio supo llevar su cruz con fe intrépida, ánimo tranquilo e ilimitada confianza en el Señor. Felizmente podía contar con el consuelo de saberse acompañado del afecto y la oración de sus diocesanos y la comprensión de sus amigos de todas partes, y en primer término del Papa Pablo VI, de quien es la respuesta dada entonces: ‘Jamás tocaré a un obispo imbuido del espíritu evangélico’."
Con Mons. Nicolini: en el surco de la Evangelización Nueva
A comienzos de 1985, Mons. Mendiharat y Mons. Nicolini dirigen una carta a toda la comunidad diocesana, llamando a colaborar en la elaboración de un Plan Pastoral Diocesano:
"Con todos los sacerdotes de la diócesis, en las pasadas jornadas del 11 al 13 de marzo, hemos pensado que era oportuno proponer a toda la Comunidad Diocesana un plan pastoral de Evangelización Nueva.
Este término, Evangelización Nueva, tomado de las palabras de Juan Pablo II a los Obispos de América Latina, reunidos en Haití, en marzo de 1983, nos habla de un modo propio de ver, de pensar y de actuar la realidad del mundo en que vivimos, tanto en orden a la construcción del Reino de Dios, como en la colaboración a construir una sociedad nueva. (...)
[La elaboración de este plan] es tarea de todos los sectores, Presbíteros, Religiosos y Laicos, y de cada Parroquia, Colegio Católico, Movimiento y Servicio diocesanos, a través de los organismos e instancias que la Diócesis posee ya".
Al mismo tiempo se creaba una comisión Provisoria, integrada por los Sacerdotes José A. Carcabelos, José V. Couto y Juan M. Algorta.
A partir de allí comienza, con la amplia participación que pedían los Obispos, la elaboración del Plan Pastoral Diocesano que, con sucesivas evaluaciones, nuevos aportes y aspectos renovados, es el que continúa orientando el camino de nuestra diócesis bajo la conducción de nuestro actual Obispo, Mons. Daniel Gil.
Ese esfuerzo permite que, en noviembre de ese año, los diversos aportes puedan presentarse en un documento que resume:
¿Cómo vemos nuestra realidad en el Litoral Norte? La institucionalización del país, aspectos socioeconómico, problemas como desocupación, mendicidad, prostitución, carencias en la atención de salud, migración; valores en crisis: dignidad de la persona humana, justicia, paz, derecho a la vida, familia, juventud, religión, modelo se sociedad.
¿Cómo nos vemos en cuanto Iglesia? La acción evangelizadora: predicación, comunidades, catequesis, celebración de la fe (liturgia), compromiso de estar y servir en el mundo. El grado de participación en la comunidad cristiana: participación de los laicos, equipos de liturgia, ministerios, formación, participación de los religiosos, de los Obispos y sacerdotes.
Hacia donde queremos ir: Un pueblo de hermanos: responsable, participativo y solidario, respetuoso de la vida humana, educado y culto, justo y libre, obrando la verdad en el amor, esperanzado. Cristo Jesús, fundamento de nuestra esperanza. La Iglesia que queremos: ser fieles, estar insertos y comprometidos en la realidad humana, ser Iglesia evangelizadora, profética, comunidad de comunidades. Características del Pastor, del laico, de un equipo de Iglesia, de la comunidad religiosa consagrada.
A partir de estos elementos, la Asamblea Diocesana, reunida el 30 de noviembre y 1° de diciembre, llega a definir como "el problema fundamental que debemos encarar como Iglesia para ser fieles a Cristo contribuyendo a la construcción de nuestro pueblo es el creciente empobrecimiento de nuestro pueblo". En su carta pastoral para la cuaresma de 1986, los Obispos aclaran el contenido de esta expresión, haciéndonos ver un doble aspecto de ese empobrecimiento: material y moral, y llamando a los diocesanos a reflexionar más profundamente esa realidad.
Así se llega a la reunión del Consejo Pastoral Diocesano del 17 y 18 de mayo de 1986, en que la Diócesis, respondiendo al desafío del empobrecimiento se da como objetivo de su empeño pastoral:
"Crear Comunidades Eclesiales de Base, orantes y serviciales, para que la Diócesis, en el contexto de la Evangelización Nueva de nuestro pueblo, sea Comunión de Comunidades comprometidas en una Pastoral Social Liberadora."
Junto a este objetivo, la Asamblea delinea los criterios de acción: fomentar la participación de todo el Pueblo de Dios, promover la pastoral social liberadora y formar animadores de comunidades y agentes de pastoral social.
La visita de Juan Pablo II
Fue precisamente la Evangelización Nueva el tema central de la homilía de Juan Pablo II en el Parque "Mattos Netto" de Salto, el 9 de mayo de 1988, en la primera visita de un Papa a nuestra diócesis.
"Una evangelización nueva: nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión (...)
Será nueva en su ardor si, a medida que se va obrando, corroboráis más y más la unión con Cristo, primer evangelizador (...) Sentir ardor apostólico significa tener hambre de contagiar a otros la alegría de la fe. (...) ¡No tengáis miedo a las dificultades ni a las incomprensiones tantas veces inevitables que produce en el mundo el esfuerzo por ser fieles al Señor!
La evangelización será nueva en sus métodos, si cada uno de los miembros de la Iglesia se hace protagonista de la difusión del mensaje de Cristo. (...) La evangelización es, pues, tarea de todos los miembros de la Iglesia. Todos los fieles, bajo la guía de sus Pastores, han de ser verdaderos apóstoles. (...)
Para que la evangelización sea nueva también en su expresión, debéis estar con los oídos atentos a lo que dice el Señor, esto es, siempre en actitud de escucha a lo que el mismo Señor puede sugerir en cualquier momento. (...)
La preocupación por el pan para el hombre acompaña siempre a la evangelización. (...) Evangelizar para la Iglesia es llevar la Buena Nueva a todos los estratos de la humanidad; es, con su influjo, transformar desde dentro, hacer nueva la humanidad misma".
La pascua de Mons. Nicolini
El domingo 19 de junio de 1988, poco tiempo después de la visita de Juan Pablo II, moría Mons. Nicolini en la Curia diocesana. "Su partida nos ha dejado huérfanos", dijo Mons. Mendiharat en la homilía del funeral, uniendo su propio sentir al de toda la diócesis. Ya no tendría lugar la entrega de la diócesis del Obispo Marcelo al Obispo Carlos, prevista para 1989, año en que Mons. Mendiharat cumplía sus 75 años y debía presentar su renuncia. Cumplida esa disposición de las normas de la Iglesia, y después de unos meses de expectativa, el Papa Juan Pablo II designa a Mons. Daniel Gil como cuarto Obispo de Salto. Pero eso ya es nuestro presente...
Un epílogo inconcluso...
¿Qué hace un Obispo "jubilado" o, mejor dicho, "Emérito", como se les llama en la Iglesia? Aquel Obispo que, durante el tiempo de su exilio, supo ser el "Padre Marcelo" tan querido por la comunidad de la Capilla San Carlos, vuelve a ser el "Padre Marcelo", ahora como párroco de la Santa Cruz, en Salto, desde el 17 de noviembre de 1988 hasta 1994, en que asume como párroco el P. Walter Malet. Allí sigue viviendo Don Marcelo, al servicio de la comunidad, y participando también en la Conferencia Episcopal Uruguaya, como presidente de las comisiones de Pastoral Familiar, primero y, actualmente de Pastoral Bíblica.
Fuentes
- "Un estilo de Pastor", entrevista en Informaciones, 2da. época, N° 2, Mdeo., 19 de mayo de 1984
- "Salto fue una fiesta", Informaciones, 2da. época, N° 20, 31 de marzo de 1985
- Diócesis de Salto, "Documento final de la Asamblea Diocesana de Pastoral", 1° de diciembre de 1968. Vida Pastoral, N° 11, Montevideo, enero-febrero 1969, pp. 3-12. Se volvió a publicar en Vida Pastoral, N° 68, mayo-junio 1978, pp. 151-156.